Oro parece, pláta no es
Estoy harta de listillos. De personas tan acomplejadas que necesitan estar continuamente demostrando "lo listos" que son, cuando se les ve venir de lejos como si estuviese llegando un elefante tocando los platillos. De personas que se pasan la vida gritando a los cuatro vientos lo grande que es su cerebro, retratándose al no darse cuenta de que lo único importante es cómo de rugoso es. De personas que creen que disfrutar es hacer las actividades que una sociedad dicta como divertidas. De personas que queriendo impresionar tanto se pierden lo impresionante de la vida. De personas con tantos vacíos que creen que están llenas. De personas que creen que irradian luz pero viven intentando apagar la de los demás. De esas que en caso de iluminar, lo harían en blanco, como una de esas luces de quirófano que solo deseas que se apaguen cuanto antes. De personas desalmadas, que van por ahí dando lecciones sobre cómo fingir mejor que eres interesante. Ni siquiera interesante. El más interesante. Queriendo destacar. No importa en qué. Pero destacar en algo. Para que los demás puedan verlo y validarlo y así poder seguir con la bonita mentira de vivir haciendo lo que es más deseable pero que, en realidad... no deseas. ¿O sí? Probablemente ni lo sepas. Porque estás tan pendiente de las opiniones de otros que has dejado de tener criterio propio. O de darle importancia.
Aunque supongo que eso no importa, ¿no? Ni siquiera merece la pena darte la oportunidad de pensar qué es lo que realmente deseas tú. No tus padres. No tus amigos. No la sociedad. Tú.
Lo importante es la imagen que proyectes. Todo en la vida es especular. Para que la imagen de grandeza que proyectas hacia fuera no permita ver los vacíos que tienes por dentro.

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